He andado por muchos de los caminos de este reino, pero no todos llevan a alguna parte y hay algunos que preferiría jamás haber tocado. Un reino de clima clamo, aunque las tempestades han ocurrido, de tierras ásperas al norte y bosques espesos en el sur.
A pesar de que carece de un mar, hay orcas que emergen de los patios de la gente y aunque no causan muchos problemas, hay ocasiones en las que no dejan de hablar.
A pesar de ser un reino humilde que carece de la modernidad que devora a la humanidad, posee palacios, barrios y mercados tan viejos como nadie los pueda recordar. Sus calles empedradas dirigen a lugares que se pierden en sí mismos y criaturas poco comunes vagan en las periferias y los techos de la gente de buenas costumbres.
En el centro del reino se erige una humilde catedral. Edificación algo pequeña, pero laboriosa tallada en cantera que alberga la fe de quienes habitan el reino. Erigida en una colina que desde su inicio fue empedrada con suaves baldosas grises. Pero la catedral se encuentra rodeada por un barrio tan humilde como ella, casas de adobe pintadas de rojos, verdes, azules, amarillos y cafés en sus diferentes tonalidades; todos los colores parecen más un verbo que un sustantivo. Las calles apretadas hacen de aquel barrio un lugar peligroso para los extraños. Cocinas, mercados de tianguis o callejones devorados por las sombras; Solo los valientes y los tontos caminan sin rumbo fijo.

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